Bodegas de Santo Tomás: El aliento de la tierra y el tiempo

Nuestra historia es un tejido de voluntades que comenzó en 1888, cuando dos pioneros españoles desafiaron la geografía virgen del Valle de Santo Tomás, al sur de Ensenada.
Aquellos cimientos, desprovistos entonces de servicios, con caminos de terracería y gente fuerte, fueron las semillas de nuestra identidad.
En los años 30, el General Abelardo L. Rodríguez, quien fuera presidente interino de México, asumió la propiedad e industrializó la bodega, trasladándola al puerto, con el ánimo de aprovechar los beneficios de la importación de insumos y, también, desarrollar la producción de brandy.
Fue la época de oro de la frontera. Un tiempo de efervescencia donde el destino de mi familia se entrelazó definitivamente con la vid.
Mi abuelo materno, Elías Pando, llegó de Asturias a finales del Siglo XIX, con apenas catorce años de edad. Tras décadas de consolidar su propio camino empresarial, fue en los sesenta cuando adquirió la bodega de manos del General, imprimiéndole una visión de profesionalización absoluta. Para lograrlo confió la enología a Dimitri Tchelistcheff, experto formado en Napa Valley e hijo del legendario André Tchelistcheff, el arquitecto de la vitivinicultura moderna en California.
Juntos implementaron tecnologías que permitieron a Bodegas de Santo Tomás sumar, con una maestría inédita, las más avanzadas metodologías de la industria europea.

Mi abuelo fue un hombre que desarrolló, desde niño, un amor profundo por el campo, que se mantuvo pleno y lúcido hasta su trascendencia a los 103 años. A partir de ello el eslabón fundamental para la modernización de nuestra bodega fue mi padre, quien asumió la propiedad cuando mi abuelo decidió que era momento del retiro. Fue él quien tuvo la sensibilidad de entender que el futuro ya no residía en continuar con la imitación de estilos extranjeros, sino en la búsqueda de una autenticidad profundamente mexicana.
A finales de los 80, mi padre encomendó la Dirección y la Enología a Hugo D’Acosta, liderando juntos una nueva gran revolución: la conquista de la voz propia. Bajo su guía, se creó un vino que expresó, y expresa, el carácter del terruño bajacaliforniano y las manos de la gente apasionada del hacer del vino. De esa era surgió Duetto, una etiqueta que marcó un hito al demostrar que México podía competir en la categoría ultra premium con absoluta confianza. Para su imagen visual, se colaboró con el maestro Roberto Cortázar referente plástico contemporáneo, fusionando por primera vez el arte de vanguardia con la potencia de nuestros viñedos más antiguos.

He dirigido esta casa durante los últimos doce años, buscando llevar adelante el sueño de mi abuelo, el pragmatismo empresarial de mi padre y el compromiso social de mi madre.
Para mí, una botella de vino es un organismo vivo que custodia momentos únicos; es un componente esencial de la civilización que permite que la energía fluya entre las personas. Hoy, nos reinventamos con dos jóvenes enólogos mexicanos que, habiendo estudiado y trabajado en bodegas prestigiosas de Francia y Argentina, hoy abren nuevos horizontes en su país y le hablan a un consumidor que busca un placer basado en la sustancia.
Santo Tomás es, y seguirá́ siendo, un brindis por la historia y por la profunda humanidad que nace alrededor de una mesa.






































