Daniel y Brandon Milmo Brittingha
Por los Hermanos y codirectores
En el corazón del Valle de Parras, donde el tiempo parece detenerse bajo el sol de Coahuila, escribimos un nuevo capítulo para la historia del vino en América. Como quinta generación de la familia Madero, entendemos que nuestra labor no es solo dirigir una empresa, sino custodiar un patrimonio vivo que respira desde 1597. Hoy, habitamos la Hacienda San Lorenzo cada semana, no solo como nuestra oficina, sino como el hogar familiar que estamos transformando en un hotel de lujo, devolviendo a sus muros la calidez que Don Evaristo Madero imaginó al adquirirla en 1893.

Nuestra historia es una de evolución y retorno. Tras años de formación internacional y experiencias en diversas industrias, la inercia del destino nos trajo de vuelta a casa al inicio de este milenio. Recogimos la estafeta de nuestro padre, quien en los años 70 y 80 tuvo la audacia de virar la producción hacia los vinos premium. Como codirectores, compartimos la responsabilidad de elevar ese estandarte.
Mientras uno de nosotros se entrega a la tierra y la bodega, el otro proyecta nuestra esencia al mundo; sin embargo, en Casa Madero ambos estamos profundamente involucrados en cada detalle que define nuestra excelencia.
Nuestra filosofía es clara: el lujo del siglo XXI debe ser orgánico y regenerativo. No basta con producir vinos excepcionales; debemos sanar la tierra que nos sostiene. Actualmente, contamos con 400 hectáreas, de las cuales gran parte ya cuenta con certificación orgánica, y avanzamos firmemente para que el 100% de nuestros viñedos lo sean en el corto plazo. Estamos implementando técnicas de agricultura regenerativa, repoblando nuestros suelos calcáreos con microorganismos que fortalecen la vid de forma natural. Creemos en una viticultura que respete los ciclos de la naturaleza, aprovechando la baja humedad de Parras para cultivar vides sanas y vibrantes.
La conquista del paladar global no ha sido un camino sencillo. Recordamos con orgullo aquellos primeros viajes a Europa, “picando piedra” en mercados que dudaban del potencial mexicano. No obstante, las medallas de oro y plata obtenidas en concursos internacionales se convirtieron en nuestras mejores credenciales. Hoy, es una gratificante sorpresa ver cómo nuestros vinos conquistan a conocedores exigentes en Francia y España. Competimos con el Viejo Mundo desde nuestra identidad única: la altitud de 1,500 metros y la amplitud térmica del valle otorgan a nuestras uvas Shiraz y Malbec una acidez y elegancia inimitables.

Miramos al futuro con la certeza de construir un legado para nuestros hijos. Nuestra meta es consolidar a México como referente del vino premium mundial. Con más de 20 etiquetas, nuestra bodega se ha convertido en la más premiada de México, superando las 1,000 medallas.
Como la bodega más antigua de América, nuestra historia es única, pero es la innovación y el respeto al medio ambiente lo que nos define. En cada botella, entregamos el alma de una familia que sigue encontrando en el vino su razón de ser.



