
Rodrigo Rivero Lake
Abogado, anticuario y coleccionista mexicano
Álvaro Mutis, en mi libro La visión de un anticuario, escribió: “pienso que el anticuario nace, no se hace, como se nace chelista, actor de teatro, explorador de mundos ignotos”. Coincido profundamente con ello. El anticuario es, ante todo, una vocación innata: una entrega total de cuerpo y espíritu para comprender el mensaje que los objetos transmiten. Desde la infancia, muchos —yo entre ellos— coleccionamos conchas, pequeños juguetes o piedras; impulsos que nacen de una curiosidad esencial que acompaña al ser humano.
Esa pulsión primigenia por descubrir, asociada a la sophía griega —amor a la sabiduría—, se refina con los años, permitiendo reconocer el valor, origen y trascendencia cultural de cada pieza. Desde muy joven encarné esta vocación. A los diecinueve años viajé a la India en busca de una importante colección de porcelana china de exportación, conocida como “Compañía de Indias”.
Esa búsqueda me condujo al descubrimiento y estudio de las Naos mexicanas enviadas desde 1528 por Don Hernán Cortés, desde Zihuatanejo, hasta las Islas Filipinas, integrándolas como capitanía general del Virreinato de la Nueva España. Con ello, Cortés nos legó una extensión territorial y cultural que abarcaba desde el río Misisipi hasta Centroamérica y, por el Pacífico, las Filipinas.
La Nueva España se convirtió en un eje fundamental —un verdadero axis mundi— donde confluyeron culturas de todo el mundo: filipinos, africanos, europeos y diversos pueblos asiáticos. Esta riqueza no fue únicamente económica, sustentada en la plata, sino también profundamente cultural. Se construyeron acueductos, universidades, imprentas y obras monumentales que cimentaron el desarrollo del territorio y dieron origen a lo que hoy es México.

En 1565, con el descubrimiento del Tornaviaje, el camino de regreso desde Filipinas, los habitantes de la Nueva España se sabían depositarios de un papel central en el mundo, al punto de afirmar que seríamos el “corazón del mundo”. Esa conciencia histórica permite dimensionar la grandeza de México y el valor de su trascendencia.
Para ejercer hoy el oficio de anticuario se requiere sensibilidad y humildad para seguir aprendiendo. Cada pieza es un conducto que permite acceder a su época de origen, materiales, técnicas, creencias y formas de vida de las sociedades que la crearon.
El arte —manifestación profunda del pensamiento humano— expresa temores, esperanzas y visiones de cada época: desde las representaciones rupestres y las iluminaciones medievales, hasta las exploraciones subjetivas del arte moderno. Cada período revela una manera distinta de comprender el mundo.
Así concibo mi labor: a través de un objeto accedo a un vasto campo de conocimiento y lo transmito. Mi oficio consiste en descubrir y compartir el milagro del entendimiento que surge del encuentro con una pieza. Objetos milenarios —como un vaso romano de cristal que ha sobrevivido dos mil años— evocan el cuidado, la historia y la vida que los anteceden. En la literatura y el cine, estos objetos adquieren una carga casi mágica, que revela la grandeza del vivir humano y la solemnidad de su paso por el tiempo.



