Mi llegada al mundo de la chocolatería fue casi accidental, pero hoy lo agradezco profundamente. Yo soñaba con ser músico, y yo creía que ese era mi rumbo original. Mis papás me apoyaron, pero me pidieron estudiar algo más, y como siempre he sido alguien que necesita transformar lo que imagina en algo tangible, elegí la gastronomía. Soy de Cuernavaca, Morelos, y desde muy joven buscaba un lenguaje propio para crear. Después de terminar la carrera me gané una beca para estudiar en Francia, en la Universidad de Cergy-Pontoise, y ahí descubrí el chocolate de una forma que me cambió para siempre. Fue en ese camino donde conocí al chef José Ramón Castillo, quien en ese momento se convirtió en una guía importante y en el maestro que me abrió las puertas del cacao. Ese inicio marcó mi historia, pero desde entonces siempre tuve claro que quería construir mi estilo, mi identidad y mi propia forma de contar este oficio.
Alex Madrigal | Chef pastelero ejecutivo

Mi búsqueda creativa me llevó hasta Taiwán, donde dirigí un museo de chocolate y creé piezas monumentales y presentaciones en vivo. Más tarde trabajé en hoteles de Estados Unidos, y después regresé a México para encabezar un proyecto del chef Antonio Bachour en Cancún, un reto gigantesco que me enseñó precisión, escala y visión. Más adelante, en Rosewood Mayakoba, pude soltar por completo mi voz creativa y desarrollar piezas que se volvieron emblemáticas. Todo eso me llevó a tomar la decisión de caminar por mi propio rumbo y nació mi proyecto homónimo, Chef Alex Madrigal, donde la inspiración es la brújula: combino la chocolatería con la fotografía, la cinematografía y un lenguaje visual que se ha vuelto mi sello personal.
Lo que más me cautiva del cacao es su nobleza. La transformación de la mazorca al chocolate es un acto casi alquímico. La manteca de cacao es un material fascinante: polimórfico, preciso y capaz de tomar cualquier forma que imagines. Para mí es el oro de la pastelería. Su aroma, su origen y su historia lo envuelven en algo casi espiritual. Además, el hecho de que mi papá sea tabasqueño hace que esta relación sea todavía más íntima; crecí cerca de sabores y bebidas de cacao que hoy reconozco como parte de mí. La inspiración me llega de todas partes: una galaxia, una película, el mar, un recuerdo, una emoción o incluso el silencio. No creo en fórmulas; creo en dejar que la vida te hable y transformarla en chocolate.

México es cuna del cacao y, aunque por años el consumo estuvo dominado por sucedáneos, hoy estamos viviendo un renacimiento. Chefs, productores y creativos estamos trabajando para reeducar al consumidor y devolverle al cacao el lugar que merece.
Cuando los mexicanos caminamos hacia la misma dirección, logramos cosas impresionantes. El cacao es parte de nuestra identidad, y revalorizarlo es una causa que nos une. Estoy convencido de que México tiene el talento, la pasión y la fuerza para que su chocolate vuelva a ocupar el lugar que siempre ha merecido.



